Dos niños despeinados jugando al futbol

Analí Lagunas
Me obligo a escribirte esta carta mientras pienso en lo mucho que me duele la cabeza y en lo doloroso que puede ser el ardor en los ojos. Borro varias líneas mientras trato de huir lo más lejos posible de “las tardes nubladas” de “tus ojos de cielo/mar”, corro entre los callejones de los lugares comunes que la poesía barata —la única que leo— me ha regalado.
Tú nunca entenderás por qué estoy así, ni yo mismo puedo explicarlo, pero hay algo en mi profundo interior que se niega a mostrarse. Algo oscuro crece dentro de mí y temo que un día me posea por completo.
Siempre estoy solo, vivo rodeado de fantasmas y polvo. De polvo y fotografías con gente que no logro recordar. La vida de alguien más se me ha vendido como si fuera propia y nada hay que pueda hacer al respecto.
Encontré en la galería de sonrisas una que me pareció familiar, si es que así se le puede llamar a la sensación de incomodidad que unos dientes tan blancos y perfectos como los que vi me provocaron. Bajo un cielo luminoso y naranja, dos niños mostraban orgullosos un trofeo, era de futbol, lo supe por el balón que coronaba aquella copa tan ingenua. ¿Éramos nosotros? ¿Era un niño feliz?
Nadie hay quien pueda desmentir la sonrisa, nadie puede contarme qué ocurrió aquel día ni por qué es importante que conserve este pequeño fragmento de felicidad. Con qué poco se alegran los niños. Cuántos momentos de nuestra infancia podemos llamar únicos e irrepetibles si cada día nos resultaba, en aquellos años de pueril fantasía, una verdadera aventura.
Me obligo a mirar la fotografía una, dos, cinco veces más. Sobre todo en los días que son difíciles, los días que huelen a tormenta. Y mi cabeza comienza a palpitar como si quisiera explotar en mil pedazos sobre mi cuerpo y manchar mis hombros y escurrir sobre mi piel y embarrarse en la pared.
¿Entiendes lo que te digo? Es difícil escapar de los lugares comunes, apenas unas líneas arriba te hablaba sobre los callejones por los que trato de escapar de este lenguaje que parece me tiene tan poseído, este lenguaje que no conozco y que, a pesar de eso, sigue manifestándose, sale de mi boca como un reflejo natural, lenguaje que regurgito y no digiero. Como todo lo que mi cuerpo es y hoy ya no puedo controlar.
Yo tengo que decirte que estoy enfermo de tanto no dormir, me arden los ojos como si pequeños alfileres se clavaran en ellos cada noche y desaparecieran a primera hora del día siguiente, cuando clarea la mañana. Estoy enfermo de tanto pensar, de trabajar con las ideas que de pronto llegan a mi cabeza, con los flashazos de esa vida que fue y no puedo recordar. Estoy enfermo y tal vez un día digan que lo mío no es depresión, que lo mío era exceso de recuerdos; recuerdos que no he podido acomodar en algún sitio certero de mi memoria.
Me obligo a escribirte esta carta con la esperanza de que seas tú quien pueda ayudarme a colocar esta foto en un espacio que tenga sentido. Tú que sonríes tan perfectamente mientras el brillo del sol te colorea los cabellos dorados de la frente. Considera que esta foto y la anotación que la acompaña son la única pista que tengo de mi propia identidad.
Espero no me falles, espero que aún vivas.


Analí Lagunas Díaz (Taxco Gro, 1989). Con formación en literatura y gestión cultural, ha participado en diversos encuentros de escritores en Puebla, Acapulco, CDMX, Iguala y Taxco. Su trabajo literario ha sido publicado en la editorial Río Arriba y la Revista Asalto. Ganadora del VI premio Estatal de Cuento, Poesía y Ensayo Literario Joven, en el género de cuento, de la Secretaría de Cultura de Guerrero. Actualmente es becaria del Programa de Estímulos a la Creación y Desarrollo Artístico del Estado de Guerrero 2017 (PECDAG) en el área de literatura.

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