El origen del vacío

C. Murueta

Ella me miraba con angustia, tendida como un cadáver sobre el catre de alambre y hormigón. Lucía fatigada y maltrecha: los labios entreabiertos, el rostro ceniciento y la esperanza corroída por el séptico del presente. Resultaba casi repugnante contemplar su faz. Al mismo tiempo era un menester sádico, un deleite truculento. Era justo así como cautivaba mis sentidos; la desnudez demacrada, los moretones en su cutis, su llanto silente, patético. Mi bota sobre su nuca, sangre en su entrepierna, ósculos insípidos. No siempre fue de este modo, ¿lo recuerdas, pequeño cúmulo de estiércol? La democracia tuvo, sin duda, épocas más doradas, parajes de sueños profusos.
Ella era la hija más joven de un importante líder político, uno más de aquellos hombres que fueron ejecutados tras el golpe de Estado, tragados por la rabia del pueblo y defecados en el pozo del olvido. Yo trabajaba para su familia en ese entonces, no eran más que una plaga de parásitos altaneros y desdeñosos. Fui un lacayo mal pagado por casi cinco años y ellos insistieron día con día en recordármelo, sobre todo ella, la zorra más mimada y desconsiderada que ahora tengo la suerte de poseer, desquebrajar en trozos minúsculos y extinguir como sereno; transfigurándola en algo más insignificante que la polvareda en el aura urbana.
Ella escapó conmigo, preocupada por los revolucionarios que pedían su cabeza para incrustarla en una pica de metal. Quizá nunca debió confiar en mí, fiarse de mis palabras, falsa conmiseración. Quizá hubiera preferido morir a manos de sus perseguidores, aquellos que sólo planeaban decapitarla, mas no anular su esencia, evanescer su ser.
La conduje de incógnito hasta mi departamento, un piso reducido en un barrio miserable. El edificio sórdido, ajado por los años, tendederos precarios y paredes sin pintar. A la redonda sólo tejados de lámina, multitudes embravecidas, construcciones devastadas por la rebelión. Ella estaba cohibida, lágrimas diáfanas colgaban de sus pestañas. Espió entre las persianas de la ventana y sollozó.
¾No temas, me aseguraré que nadie logre reconocerte ¾recuerdo que comenté a sus espaldas.
Se volvió a mí con evidente recelo.
¾¿Cómo? ¾alcanzó a cuestionar.
Recogí enseguida una varilla oxidada que descansaba junto a la puerta.
¾Cállate ¾repuse en voz baja antes de abalanzarme sobre ella.
Esa noche corté su lengua, no quería volver a escucharla hablar, emitir un sonido siquiera. Sus gritos pavorosos resonaban aún, como un eco molesto en mi retentiva. No tendría nada que expresar de ahora en adelante, su mente era un campo yermo de cualquier forma, una estepa inclemente y fútil, donde nada fructífero podría emerger. Su cuerpo, en cambio, era un terreno distinto, una parcela lozana, fragante, adolescente. Una mezcla de sabores, texturas y turgencias, de placeres y agujeros multiformes. Creí enamorarme incluso, durmiéndome a su lado y soñando que despertaba sólo para fundirme nuevamente con su entraña, trazar con una navaja sobre sus pálidos glúteos.
Dejé de llamarla por su nombre, no lo creí necesario. No me bastó con acallar sus quejidos, también le prohibí realizar gestos, ademanes, cualquier señal o manifestación. No podría exteriorizar sus deseos, objeciones e ideas, mucho menos buscar algún medio para compartirlas. Me atreví eventualmente a ordenarle que no pensara, apalearla brutalmente si llegaba a percibir en su mirada alguna muestra de razonamiento. Un poco de heroína ayudó a menguar su espíritu, despejar y escampar sus nociones, asfixiar en humaredas oscuras cualquier anhelo del ayer. Pues ella no es más que residuo, una potencia frustrada, un violín que ha dejado de sonar, una cítara de cuerdas rotas. Estaba casi todo el día encadenada en la cocina; desvestida, hambrienta, lloriqueando en soledad, limpiando y envolviendo las quemaduras en sus palmas; vacía como un caparazón, sus labios sellados por la desventura. Me abstuve entonces de hablarle, pues no quería que recordara cómo sonaban las palabras.
La sorprendí en varias ocasiones escondiéndose para leer así fuera sólo la etiqueta en los artículos de limpieza, trazando figuras con sangre en el fregadero. La reprendí severamente, alcanzando la vara para herirla y un cigarro encendido para marcarla. Cuando no había riñas nuestra interacción era mínima, se limitaba a caricias en el colchón, a vigilarla mientras aseaba las estancias y preparaba alimentos. A veces olvidaba su presencia, la percibía sólo como un objeto más en la habitación.
Y con el paso de los años me pareció que dejamos de ver el mundo de la misma manera, que tal vez, en el fondo, no había realmente cosas qué ver. Sus pulmones estaban atrofiados por la pipa, su alma moribunda, carcomida por la insustancialidad. Pero ella dejó de sentir, o por lo menos eso aparentaba. Dejó de llorar, de mirarse al espejo, de acercarse a la ventana en busca de una oportunidad. Me atrevo a suponer que se despidió de la razón, fue exiliada por el silencio y zarpó a una dimensión de álgida nimiedad. Era sólo un vestigio más, una ruina del régimen caído. Y el orbe continuaba rotando como si nada ocurriera, pues ya nada sucedía para ella.
Recuerdo que la llevé hasta mi lecho una tarde lluviosa, cuando se conmemoraba en la región el glorioso triunfo de la regencia actual, la revolución que nos arrastró de vuelta a una era de dictadores carismáticos. Me aferré a su cintura con gentileza, plantándole un beso en el pubis. Me detuve a recordar cómo solía tratarme, gritarme, insultarme y pavonearse por el corredor. Señalé entonces mis pies para que se prostrara y besara cada uno de mis dedos. Decidí de súbito conversar con ella por primera vez en años, averiguar si comprendía el porqué de su desdicha. La llamé por su nombre, esperando alguna reacción. Ella se irguió inmediatamente, de rodillas frente a mí. Me miró a los ojos, penetrándome con su existencia. A pesar de eso, cuando intenté vislumbrar algún rastro de luz entre sus irises, no hallé más que nulidad y finitud, aquello que jamás imaginé experimentar, lo que muchos sabios debatieron a lo largo de la historia y, sin embargo, sólo debían callar para descubrir: la nada.
Quedé pasmado, incrédulo, satisfecho. Era un milagro sin precedente, una aporía resuelta. No tenía ya palabras para referirme a ella, resultaría imposible designar algo que carece de contenido. La tomé por ambas muñecas y la conduje hasta el colchón una vez más, doblegándola bajo mi cuerpo. Estaba rígida, fría como un invierno, su ánima occisa. Y lo único tibio en su interior era mi simiente. No opuso resistencia, sólo respiró con docilidad, tendida con las nalgas expuestas. Me inmiscuí fácilmente en sus tejidos, me adherí a la carne escuálida, sumergiéndome en su feminidad y prendándome para siempre. De momento me pareció que iba desintegrándose, esfumándose de entre mis manos como una nube pestilente. Intenté sujetarla, asirme de sus restos, pero fue imposible. Ella iba transformándose lentamente en una reminiscencia, expirando como una flama a merced del viento. Como hálito recorrió mis rincones, deslindándose de mi substancia. Y cuando alcé la vista para buscarla ella había desaparecido, reducida a polvo y ceniza.




C. Murueta (Acapulco, Guerrero, 1995). Comienza escribiendo relatos cortos y novelas fantásticas en la niñez. Actualmente es estudiante de la licenciatura en Literatura y Filosofía de la Universidad Iberoamericana Puebla. Cuentista y novelista incipiente.

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