Hombre malo

Joyce S. Hernández 

Los pies le dolían de tanto caminar. Quería detenerse y tomarse un respiro, pero de hacerlo, estaría jugándose hasta su propia vida. Debía continuar. Un futuro mejor le esperaba tras aquellas colinas. La desesperación en los rostros de los que lo acompañaban denotaba todo lo que él mismo sentía, pero que reprimía con gran dolor y vergüenza. “Vete, hermano. La vida es mejor allá”, le aconsejó uno de sus mejores amigos, “vas a ver que ganarás puro billete verde. Chance y te consigues también una mujer para casarte. Ya con eso sacas tu Visa y puedes ir y venir cuantas veces se te antoje”.
El trabajo había andado mal y la oportunidad para emigrar llegó en el momento más oportuno. Preparó todo lo necesario y lo guardó en su pequeña mochila; se despidió, con un nudo en la garganta, de su madre y sus hermanas. Ellas estaban preocupadas. Las noticias no mostraban un panorama alentador. Las redadas de la patrulla fronteriza ya habían cobrado varias vidas. Y eso no sólo calaba en el corazón de las mujeres, también tenía intranquilo al de Ricardo. Con todo esto oprimiéndole el pecho, e ignorando las súplicas de su madre, tomó el camión hacia Nuevo León. Ya antes había platicado con el “coyote” y era hora de ir a verlo para concertar lo del arriesgado viaje. Su nombre era Jeremías, e iba a estar a cargo del traslado; luego de una pequeña charla, le entregó a Ricardo unos papeles de identificación falsos y le hizo algunas recomendaciones.
Partieron un lunes. Él salió temprano de su cuartito de hotel. Antes de subir al camión tuvo que deshacerse de algunas cosas, pues durante el camino se le volverían un estorbo. Se quedó únicamente con dos playeras, un pantalón, ropa interior y su cartera, dentro de ella, guardaba celosamente una foto de su familia, donde él, en el lado superior izquierdo, figuraba con una sonrisa en el rostro, expresión que en ese preciso momento le sería imposible esbozar. Subió a una camioneta, y junto a otros tantos, se acurrucó en el suelo como pudo.
¾Amigo, ¿de dónde viene? ¾dijo una voz a su lado.
¾Vengo de Guerrero.
¾¡Mire, igual que yo! ¿Y de qué parte?
¾De Chilpancingo.
¾Uy, no. Yo vengo desde Buenavista. ¿Conoce usted por esos rumbos?
¾Sí, tengo parientes por allá.
Los dos hombres se pusieron a platicar. Recorrieron un buen tramo del camino entre anécdotas, chistes y recuerdos de sus lugares de origen. Aun así, cada uno notaba la tristeza en el rostro del otro; la melancolía que ambos mostraban en esos ojos cansados de tanta vigilia y preocupación era más que evidente.
¾¡Órale, bájense! De aquí se van a pie hasta el “otro lado”.
El conductor abrió la puerta repentinamente y, como pudieron, todos los que iban dentro del camión bajaron a tientas hacia un terrero desconocido. Estaba oscuro, pero se podía notar lo escarpado del sitio.
Comenzaron a andar de prisa. Al poco tiempo se dieron cuenta de que necesitaban economizar energías, así que redujeron un poco la velocidad. Pasaron unas horas y las piernas de todos exigían un poco de reposo, pero no se detuvieron, eso podría llegar a ser un peligro. Pese al cansancio, cruzaron un río tratando de hacerlo como los cocodrilos cuando buscan cazar a su presa. Se cuidaron de hacerlo en silencio, pues rápidamente podrían pasar de ser reptiles cazadores a renacuajos por cazar.
No podían verla, pero sentían a la patrulla fronteriza, “la migra”, muy cerca de ellos. Era necesario seguir avanzando. Pasaron dos horas y a lo lejos comenzó a asomar un sendero serpenteante. La carretera se acercaba y ellos sentían que su tortura estaba a punto de terminar. Nada más falso que eso. Alguien se detuvo en la parte de atrás del grupo. Otro más se dio cuenta de algo anormal y entró en pánico. Poniendo un poco de atención, Ricardo notó que los ruidos de las pisadas no eran las de los otros indocumentados. Era la primera vez que trataba de cruzar hacia EUA, pero algo le decía en su interior que aquello no era nada bueno. Empezó a correr, tropezó, y al poco tiempo todo se volvió un caos: los llantos de los niños asustados, los señores tratando de huir; y él, aterrado como nunca antes lo había estado en su vida, intentó zafarse de las garras de los hombres que parecían sombras entre lo indómito de aquellos matorrales. De nada le sirvió luchar. Aquellas bestias lo arrastraron hacia una de sus camionetas. Lo lanzaron a la parte de atrás; no se podía ver nada más que espectros moviéndose entre la penumbra. No tenía idea de hacia dónde sería conducido, y tras unos diez minutos de tortuosas curvas, el vehículo se detuvo. Era terrible sentir el viento helado calando los huesos mientras la incerteza le carcomía las entrañas. Ricardo fue bajado brutalmente. Lo estamparon contra un suelo hostil. Las patadas no sólo lastimaban sus costillas, sino que le partían el alma en dos. Golpes iban, golpes venían, y él sólo resistía. Su mente se nublaba, pero en breves destellos de conciencia, las lágrimas de su madre y las de sus hermanas brillaban en unos ojos que gritaban: “¿Por qué te fuiste, Ricardo, por qué?”.
Los policías se detuvieron. Ricardo apenas podía escuchar en la lejanía algún tipo de reclamo, pero aquellas voces ya no tomaban ningún sentido. Unas manos fuertes lo sujetaron por los brazos y fue lanzado sin piedad, de nuevo, hacia la camioneta. Él no pudo más y se desvaneció luego de que el auto avanzara unos metros.
¾Hey, levántate.
La voz lo sacó de su letargo. Se encontraba todavía en el vehículo. Lo bajaron a jalones, aunque con un poco más de consideración que al principio. Estaban frente a un hospital. Entraron por la puerta lateral y caminaron directo a la sala de urgencias. Uno de los dos hombres que lo habían conducido hasta ahí fue a registrar al paciente, mientras el otro, no sin antes haberle colocado un par de esposas en las manos, veía desde los asientos cómo Ricardo era llevado al área de curaciones.
¾¿Cuál es tu nombre? ¾le preguntó la enfermera.
¾Ricardo.
¾¿De dónde te trajeron esos dos?
¾No tengo idea.
¾Espera, que voy por unas gasas más. Vamos a necesitar mucho material para quitarte toda esta sangre seca y para limpiarte esas heridas llenas de tierra. La enfermera se retiró.
De pronto, se escucharon unos pasos al lado de la camilla. Ricardo estaba renuente a mirar a quien tenía al lado, pero pronto cambió de parecer.
¾Hola ¾dijo una voz infantil.
Volviendo los ojos hacia el origen del sonido, Ricardo pudo ver que aquella voz pertenecía a una pequeña niña.
¾Hola, ¿cómo te llamas, nenita? ¾sus ojos miraron a una niña delgada, algo macilenta, vestida con una de las batas que usan los pacientes internados. No debía tener más de seis años.
¾Me llamo Mirna, ¿y tú?
¾Ricardo.
¾Me gusta tu nombre, te llamas como mi tío. Oye, ¿qué tienes en las manos?
Ricardo miró las esposas que rodeaban sus muñecas. La niña habló de nuevo.
¾Dime, Ricardo, ¿esas son las cosas que les ponen a los ladrones y a los hombres que matan gente?
¾Eh, no… Bueno, sí, a veces ¾él no sabía qué contestarle a la pequeña.
¾Ricardo, ¾la voz sonó un poco asustada¾ ¿eres un hombre malo?
No pudo responder. Bajó la cabeza lleno de vergüenza y, liberando un nudo en la garganta que comenzaba a asfixiarlo, comenzó a llorar en silencio, con las entrañas retorciéndosele por el terrible sentimiento.
¾Mirna, es hora de tu medicamento ¾dijo alguien desde un pasillo al fondo que era poco visible desde donde estaban los asientos de la sala. La niña salió corriendo.
La enfermera regresó con las gasas y otro material de sutura.
¾¿Fueron muchos los que le hicieron esto?
Ricardo no tenía ánimos ni fuerzas para contestar. Lo único que expresó por respuesta fue una mirada triste y unos hombros que se encogían al tiempo que temblaban siguiendo el compás de un sollozo que no pudo evitar.
¾Ok, señor. No tiene que decírmelo si no quiere. Acá todos sabemos muy bien qué es lo que les hacen esos dos y toda su cuadrilla a la gente como ustedes. Mire, hagamos esto: si usted consigue alguien que lo haga pasar por un familiar, yo me hago de la vista gorda y dejo que se vaya. Diré que fue un descuido del personal y no pasará de una simple llamada de atención para nosotros.
Pensativo, Ricardo se secó las lágrimas que ya habían bañado su rostro y dijo:
¾No, señorita, gracias. No quiero permanecer en un país en donde a nosotros, los ilegales, nos ven como plaga, como escoria, como “hombres malos”.
Ambos se quedaron en silencio. La enfermera se limitó a terminar las curaciones y Ricardo, a dejar de reprimir el llanto que le provocaba la impotencia de no haber podido defender su dignidad ante los atropellos sufridos.
Finalizado el trabajo, él se levantó, agradeció a la enfermera y atravesó la puerta sin mirar hacia atrás. Los hombres ya lo esperaban del otro lado del umbral. Ella, quedándose sola en la sala, recogió las gasas llenas de sangre, de tierra, y de anhelos mancillados y las tiró a la basura.




Joyce S. Hernández (Taxco de Alarcón, 1993) es docente de español. En agosto de 2016 ganó el tercer lugar en el primer Concurso de Cuento Estatal “Letras surianas”, organizado por la UNAM y la UAGRO. Algunos de sus cuentos han aparecido en blogs, publicaciones digitales y próximamente en la publicación del concurso antes mencionado.

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