La carreta de nostalgia

Luis Ricardo Palma

A mi abuela Cecilia Agustín

El viejo López avanza lento, montado sobre una pequeña carreta jalada por una vaca maciza, de altivo orgullo y de fuerza incomparable. Su oficio es comprar nostalgias. A cada paso escucha el trote de la vaca y el rechinar de la carreta. Da tumbos a cada paso, balanceándose entre el camino lleno de piedras. Antes de cruzar el primer puente, pasa al río a tomar agua y a darle de comer a la vaca el pasto fresco. Sobre las ramas de los árboles hay inmensos nidos de pájaros que alegran al pueblo con su canto de soprano. Nada parece más tranquilo que ver cómo serpentea el río sobre las rocas. El viento disgrega el polen de las flores, se dobla en las copas de los árboles y se lanza a dormir en los brazos del cielo que poco a poco abre su cortina de nubes diáfanas para que el sol alumbre con sus rayos amarillos. Después de tomar agua, el viejo López retoma el camino y alista su voz de pájaro. Es hora de marcharnos, piensa mientras echa su morral en la carreta.
Es la segunda vez que visita aquel pueblo callado. Antes, como hace unos veinte años, lo visitó por primera vez, cuando la guerra desoló al Médano. Sabe, desde el fondo de su corazón, que algo había cambiado en el pueblo. Todos los habitantes hacen sus labores sin producir el más mínimo ruido. Por eso, el viejo López piensa que en ese lugar podrá encontrar nostalgias que comprar. La vaca se detiene frente a una casa que tiene un letrero que dice: “No se aceptan personas que no sean católicas. Evítanos la pena de correrte”. Así que creen en Dios, dice el viejo López. Saca de su camisa un cigarrillo y lo enciende. Cómo ves, Isabel, aquí no aceptan ateos. La vaca sigue caminando con lentitud. El tum tum de sus pezuñas, lento como las horas, parece el repicar de las campanas primitivas de la iglesia, en cuyo campanario se arrullan y revolotean las palomas, en fluidos aletazos, sobre el cielo tibio de aquella mañana en que la hojarasca baila muerta en el polvo. El viejo López saca un pañuelo de su pantalón de franela y se seca el sudor de la frente. Dan las once de la mañana y apenas comienza el calor. ¾¡Buenos días!... ¡Compro nostalgias, palabras muertas, cuadernos destartalados y alegrías que no le sirvan!
La voz del viejo López es fuerte y pesada. Sale de su garganta y entra en las ventanas y puertas de las casas hasta hacerlas retumbar por dentro. El sol corona en lo alto el cielo azul que agita a los pájaros que migran hacia el río para bañarse y quitarse la pesadumbre de las plumas. El vaivén de los habitantes es silencioso, pero hay en sus pasos algo de nostalgia, algo de madera podrida en sus voces. ¾Lo malo es que no traje una bolsa más grande para comprar los pasos de esta gente, ¾dice el viejo López¾. Aquí hay muchas personas raras, las más extrañas que jamás había visto. Este pueblo no era así, estoy seguro.
La vaca sigue su camino hasta que encuentra, recargado en el tronco de un almendro, a un niño que tiene bajo el brazo un cuadernillo. El viejo López detiene a la vaca, baja de la carreta con cierto sigilo y se le acerca al niño. ¾¿Qué te sucede, mocoso? ¿Por qué lloras? ¾ El niño alza la mirada y ve al viejo López con ternura y extrañeza. ¾Mi madre dice que me dedique a otra cosa. Yo quiero ser poeta, pero dice que las palabras no me darán de comer en este pueblo de fantasmas. ¾¿Eres poeta? Nunca había escuchado a un niño que quisiera ser poeta. ¿Cómo se llama tu madre?, ¾pregunta el viejo López en un tono melancólico¾. El silencio se hace presente con un murmullo. El viejo López se rasca la cabeza y pasa sus delgados dedos sobre la cabellera para secarse el sudor. Después, el silencio se rompe con el inevitable viento. ¾Sé lo difícil que es este oficio. Yo compro nostalgias desde que mi esposa se perdió en la guerra; no he hecho otra cosa que acostumbrarme al pasado en el recuerdo de los demás. ¾¿Compra nostalgias? Nunca había conocido a alguien que se dedicara a comprar nostalgias, ¾responde el niño, sorprendido por la vocación de un señor muy viejo. ¾Véndeme las tuyas. Te pagaría muy bien por ellas, ¾responde el viejo López en un tono de compasión, tratando de persuadir al niño. El viejo López saca de su morral una bolsa con diez monedas y se los muestra al niño. ¾No, señor, este cuaderno es sagrado para mí. Si se lo vendo me quedaré sin nada. ¾Si decides vendérmelos te prometo pagártelos bien. Isabel es testigo de mis palabras. Además, sirve que le dices a tu madre que no te morirás de hambre en este pueblo.
El niño ve que la vaca está tranquila, esperando al viejo López. Nunca imaginó que alguien le pagara por sus poemas y decide, en un impulso por dejar atrás un poco la pobreza, vendérselas al viejo López. Le entrega el cuaderno cosido y acepta la bolsa con las diez monedas. ¾Muchas gracias, niño. Tu cuaderno me ayudará a calmar un poco la nostalgia que tengo.
El calor parece ocultarse detrás del tiempo y el viejo López, cansado, se detiene bajo un árbol a respirar el aire que proviene del río. A esa hora los habitantes se encierran en sus casas para no sentir el bochorno ni la pesadez del aire que viene del cerro. Algunos dejan las ventanas abiertas para que entre el fresco; otros, sacan la hamaca para tomar la siesta. Pero lo que nunca olvidan es quitar el cerrojo a las puertas para que el aire entre a desnudar los muebles improvisados y las repisas de madera. Después de un largo descanso, el viejo López se levanta y anima a la vaca a continuar. “Este fregado sol es insoportable, por eso nadie sale a esta hora”, piensa mientras decide guarecerse del calor en un árbol junto al río y se acuesta en la carreta para tomar la siesta.
Cuando la vaca se recupera del sopor, el viejo López se acomoda en la carreta y pregona con mayor fuerza: “Compro nostalgias, palabras muertas, cuadernos destartalados y alegrías que no le sirvan”. El sol ha descendido rápido detrás de los cerros, como si fuera una estrella fugaz. Mientras caminan de regreso, la vaca se detiene frente a la casa del letrero que había encontrado cuando llegó al pueblo. ¾¿Quieres que me baje, Isabel? Pero aquí no aceptan ateos. ¿Acaso quieres que nos corran a palazos? ¾ La vaca permanece callada. El viejo López baja de la carreta. El viento mengua con lentitud, nostálgico, llena de polvo y de luz roja. ¾Está bien. Quieres que pregunte aquí —dice el viejo López¾. Se acerca a la casa y toca la débil madera de la puerta. Tres veces el golpe. Es una madera hueca, apolillada, sin vida. Nadie responde. Vuelve a tocar tres veces. ¾¿Quién es?, ¾pregunta la voz de una anciana. ¾Buenas tardes, compro nostalgias. ¿Tiene alguna que no le sirva? ¾ El viejo López saca otro cigarrillo y lo pone en su escasa dentadura. La puerta se abre en un crujido triste. En el vano de la puerta aparece una señora grande, de unos ochenta años, con trenzas largas y con el rostro arrugado y vetusto. El viejo López la ve y se sorprende. Siente cómo le tiemblan los huesos. Desde la guerra no ha sentido tanto miedo. El cigarrillo cae al suelo en un silencioso golpe mientras el humo y el polvo se vuelven uno mismo. ¾¿Compra nostalgias, señor? Yo le puedo regalar las mías, ¾dice la anciana, mientras retoma más aire¾, hace tiempo me perdí y no volví a ver a mi esposo. Él se fue a la guerra y yo me quedé sola, en esta casa, sin mis hijos. Si lo ve por ahí dígale que ya no me busque, que pronto nos encontraremos lejos de aquí.
El viejo López se queda mirando con la boca abierta a la anciana. La vaca muge. El viejo López sabe que tienen que irse. La puerta lentamente se cierra mientras las bisagras parten en dos al silencio que se arrastra en el polvo. ¾Isabel, es hora de irnos, ¾murmura el viejo López, conmovido por la anciana¾. Sube a la carreta y se pone en marcha. Pronto, la tarde se deja caer. El cielo dibuja una sonrisa de estrellas que tiritan apenas visibles por el menguante sol que se oculta detrás de los cerros. El viejo López es acompañado por el croc croc de los sapos, por el canto de los grillos y por la milenaria mirada de la anciana. Se queda pensando en su historial, en el esposo perdido, en el niño que le vendió su cuadernillo, en su única compra que pudo hacer en aquel pueblo callado. Piensa en regresar, pero mira hacia atrás y ve que una oscuridad invisible atraviesa todo el pueblo. “Qué pueblo tan más extraño”, piensa el viejo López y vuelve a su memoria el rostro del niño del cuadernillo. Al percibir el graznido del último pájaro, en la bandada que pasa sobre su cabeza, escucha, en las paredes de su calavera, como si recordara algo desde hace muchos años, la voz del niño que le dijo: “mi madre se llama Isabel”.


Luis Ricardo Palma de Jesús (Acapulco, 1990) es licenciado en Literatura Hispanoamericana. Ha publicado cuentos en las revistas Revolución, Asalto, Cuestionarte y Círculo de Poesía. Obtuvo el Premio Estatal al Tercer Lugar en el evento académico realizado por CONACYT, el XVIII Premio Estatal de Cuento María Luisa Ocampo 2016 y del Programa Editorial de la Secretaría de Cultura 2016, con el libro Las maneras de conjugar la muerte. Becario del Festival Cultural Interfaz y del Programa de Estímulos a la Creación y Desarrollo Artístico de Guerrero (PECDAG) 2015, en el área de Letras. Actualmente estudia la Maestría en Humanidades.


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