Papalotes

Diana Garrido

Ah que la juventud... ¿Que qué podría decirte sobre el amor, mijo? Yo ya estoy muy viejo pa’ hablar de estas cosas, pero bien que me acuerdo cómo conocí a tu madre. Tendría yo unos 17 años cuando la vi por primera vez. Era una niñita consentida, me acuerdo que todos hablaban de ella porque era prima de la Carito, esa chamaca que tenía fama de aflojarle a todo lo que caminara, pero esa es otra historia.
Cuando tu madre llegó al barrio, se rumoraba que venía de buena cuna, que nació en el otro lado y que era hija de un señor muy "gordo", pero de buenas a primeras lo cacharon haciendo tranza y lo mataron a él y a su mujer. Pero tu madre se escapó con ayuda de su tío y pos bueno, andaba en boca de todos. Fíjate que el más vivito recuerdo que tengo de ella es de la primera vez que la vi, bien güerita y proporcionadita la muchacha, me atrapó luego luego. Ella me hizo el feo cuando le hablé:
¾Quiubo güerita, yo me llamo Tomás, y usté dígame, ¿con quién hallo el honor?¾ Entonces me puso una cara que híjole... Traía su acento gringo todavía, luego se le fue quitando, pero me acuerdo que me contestó más o menos así: Mmmm...ioo... Stephany, gustow de conocertew.
Y a partir de ahí, como nunca pude pronunciar bien su nombre, le puse la Estefi, y pos así se le quedó en el barrio. ¡Siempre se quejó de que le puse ese apodo que le repateaba! Como estaba yo muy acostumbrado a llevarme, pos pesadito con las vecinas, pos que agarro y que le aprieto la nalga... Ni me dio tiempo de arrepentirme cuando ya tenía su puñetazo en mi boca. Me sacó tanta sangre que tuve que ir al doctor pa’ que me cosieran. Entonces ahí me di cuenta que ella era dura, abusada y cabrona, no como todas las otras. No, no, no, ella era pa’ mí, era una tigresa y también pensé que iba a ser muy difícil tenerla.
Fui a su casa un montón de veces a pedirle perdón, pero su tío me sacaba una escopeta y pos mejor me alejaba porque la niña sí estaba pos muy ofendida por el apretón que le di. Pero no me importaba, yo iba siempre con el Julián a cantarle canciones. Ella nunca salía, a veces se abría su ventana, pero era su tío, que amenazaba con cortarme la mandarina en mil gajos.
Pasó un buen rato pa’ que pudiera yo convencerla, pero al final, en una de esas noches de serenata, que se asoma y que le digo: Estefi, yo le amo, no me haga esto, de verdá que yo la voy a respetar. Se empezó a reír y de buenas a primeras, que me dice: orai o una palabra así, la cosa es que dijo que sí.
Después de esa vez, mijo, ya no nos separábamos. La llevaba de paseo por la plaza, pero con eso de que era dura no me dejaba ni agarrarla de la mano, con trabajos nos dimos nuestro primer beso. Una noche fuimos con el Julián y la Caro al grito de la Independencia y nos pusimos una borrachera desas que no se olvidan, ella se quedó en mi casa porque, de tan borracha que estaba, su tío la iba a regresar de un chanclazo. Esa noche fue la más feliz de mi vida.
Pero híjole… tres meses después que me sale con su domingo siete y desde entonces todo fue pa’ peor. Yo le dije: “mire mi Estefi, yo los voy a cuidar a usté y a esa bolita”. Pero luego ella ya no quería verme. Un día la encontré con Julián, la verdá que ya ni sabía qué hacer, me dieron muchos celos, porque ella ya no quería salir conmigo, decía que le daba pena que la vieran panzona y resulta que estaba platicando a media plaza con el Julián, pero ni modo, hice como que no los vi.
El día que tú naciste yo me hice cargo de todo, pagué hasta el último peso con mis propios ahorros, me llevé a tu madre a una casita que renté, toda chiquita pero en buen estado; me costó mucho esfuerzo y traté de que no faltara nada, pero ella ya no era la misma. A cada rato me decía que me alejara porque se enfadaba, usaba otras palabritas raras, desas de su pinche país.
También yo tuve mi cambio. Empecé a confiar mucho en mi Señor, ya iba todos los domingos a misa y ponía mi altar en la casa. Rogaba por ti y porque la Estefi no se me agüitara y me quisiera un poquito más, pero sabía que también yo debía hacer mis méritos; así que cada domingo que regresaba de la misa llegaba con un ramo de rosas y un papalote, desos que vendía don Carlos. A veces tenía suerte, me encontraba a tu madre de buenas y me daba un piquillo cuando los recibía. A veces sólo me echaba una sonrisita, me decía: “le echas un ojo al niño”, y se iba a volar su papalote todo el día.
En mi cumpleaños yo me fui con mis compas. Cuando llegué a la casa tu madre comenzó a insultarme, me dio un zarpazo en la cara y me arañó el brazo. Yo estaba medio tomado y sólo fui a tirarme a la cama. No quería pelear, no quería vivir de esa manera, forzándola a quererme, forzándome a tolerarla.
Por la mañana estabas llore y llore y pos me despertaste. Ese día me quedé esperándola ahí nomás, sentado en la cama contigo en mis brazos. Ya nadie me dio razón de ella. Me sentí arrepentido por todo lo que hice por ella, por haberla elegido, pero ya pa’ qué uno se arrepiente, si todo pasó. En fin, yo no tuve de otra que seguir adelante, por eso me vine hasta la costa con mis hermanos y como pude me las arreglé pa’ criarte. Cuando podía, yo te cuidaba; cuando había que trabajar, te dejaba con Cata.
Luego la Cata se me empezó a insinuar y pos me agradaba la señora y de allí nacieron tus dos hermanos. Pero te lo juro, mijo, que no dejé de preguntarme nunca sobre qué sería de tu madre. Ya pasados los años, me encontré a la Caro. La convencí de que me contara lo que supiera de la Estefi, que al fin y al cabo ya los años pasaron y de todos modos no la iba ir a buscar, entonces me enteré que se fue con el Julián pal' otro lado.
Ese canijo… cómo fue a hacerme eso. Cuando doña Cata me dejó, me recordó mis fracasos, pensé mucho en tu madre y entendí que pa’ que ella y yo fuéramos felices necesitaba comprarle el universo, y pos es algo imposible pa’ un hombre de mi posición, pero al menos, a mi manera, lo intenté.
Mira mijo, yo creo que ella no estaba lista, no sabía nada del mundo, era sólo una gringa que soñaba a la reina, y aunque eso fue pa’ mí siempre, ella quería otro rey. Todo esto te lo digo pa’ que sepas que no todo es color de rosa. Ya te había yo contado esto antes, mijo, pero lo cuento otra vez pa’ que sepas que, aunque mal nos paguen y si las queremos de veras, aguantaremos lo que sea. Pero no dejes que te vean la cara de tonto, yo sé que a la Sandra le has dado todo, nomás que a veces las mujeres quieren andar libres y es mejor que uno las deje ahí, volando como papalotes.



Diana Laura Garrido Guadarrama (Iguala de la Independencia, Guerrero). Estudia la licenciatura en Letras Hispánicas en el Instituto de Investigación en Humanidades y Ciencias Sociales de la UAEMOR. Ha publicado ensayos en la revista Re-evolución y cuentos en Efecto Antabús.

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