Ni aunque te quites

Iris García Cuevas

Desasosiego. La inquietud de saberme en el lugar erróneo en el momento equivocado. El hormigueo canijo que recorre mi espalda y se va acumulando en los omóplatos. El deseo de sacar la pistola, que murmura infeliz en el primer cajón del escritorio, y sorrajarme un tiro en la cabeza.
Respiro. Intento relajarme. Acomodo el asiento. Hago movimientos circulares con el cuello y los hombros. No basta. Me siento abochornada. Es tiempo de un descanso. Tomo mi bolsa. Salgo de mi cubículo. Permiso. El camino hacia el baño parece la antesala del infierno. Me miran. Las personas me miran. Quiero volver atrás y volver a ocultarme.
Atravieso el estrecho pasillo de la agencia. Evado las miradas, las rabias, los dolores. Ignoro las preguntas, la urgencia, los reclamos. Me encierro. La mierda queda afuera. Me siento en el retrete sin ganas de orinar. Aún así escucho el chorro cayendo al excusado. Saco un cuarto de vodka de mi bolsa. Le doy un trago largo. Respiro. Lloro un poco. Ignoro los golpes en la puerta. Permito que el recuerdo cruce por mi cabeza. Alfredo. Sólo por un instante. Sólo lo suficiente para decirle puto.
Me enjuago la boca. Me lavo el rostro y vuelvo a dibujarlo. Salgo sin prisa. Me detengo en la puerta del cubículo y pregunto: ¿quién sigue?
Mando a la asistente por un café cargado y le indico un asiento a la mujer que entró detrás de mí. ¿En qué puedo ayudarla? La mujer me mira con sus ojos hinchados.
—Mataron a mi hijo.
Es uno de esos días en que el trabajo apesta. Balbuceo un lo siento que no sirve de nada y le pido que siga.
—Se llamaba Gonzalo. Había ido a bailar con sus amigos. Fueron a dar la vuelta…
El lugar incorrecto a la hora incorrecta. Todo se concatena para que estemos justo en el sitio preciso de nuestra desventura. Así es la mala suerte. Y no hay nada que hacer para que no nos toque. Pido el nombre completo. Busco entre los archivos los papeles del caso. La versión oficial. Le muestro el expediente. La foto del muchacho. Asiente. Vuelve a llorar. Señora, los policías hallaron a su hijo in fraganti cometiendo un asalto. La mujer se levanta. La quijada le tiembla. Del dolor a la rabia hay solamente un paso.
—¡No es cierto! —me grita la mujer, da un golpe al escritorio, la voz se le atraganta—. Él era un buen muchacho. Fueron los policías. Mataron a mi hijo. Quieren hacerlo ver como si él fuera malo.
Nadie mató a su hijo, le explico, cayó al acantilado. Trataba de escapar.
—¿Por qué tenía dos tiros en la espalda?
Eso no dice el acta. ¿De dónde saca eso?, le pregunto.
—Yo vi los orificios que dejaron las balas.
Vamos a investigarlo… Es lo que hay qué decir. No sueno convincente. Los nudos en la espalda se vuelven a apretar. Vuelvo a intentar el diálogo. Vamos a investigarlo…
—Van a investigar ¿qué? Encierren al maldito que le disparó a mi hijo.
Necesitamos pruebas, le explico. No se puede acusar así nomás.
—¡Pues consiga las pruebas! ¿Qué no ese es su trabajo? —me dice la mujer.
Tengo ganas de un trago, de decirle, señora, váyase a la chingada, su hijo ya está muerto, mejor deje las cosas como están, enciérrese a llorar sin meterse en problemas. Pero no se lo digo. El amigo de su hijo confesó. Estaban asaltando a una pareja. Los policías llegaron, los chamacos corrieron para huir y su hijo se cayó. Lamentamos su pérdida
—Si estaban asaltando, ¿por qué dejaron ir al amigo de mi hijo?
Después del accidente la pareja no quiso levantar la denuncia. La mujer me asegura que las cosas no fueron de ese modo. Torturaron al chico para que aceptara la versión de los polis. ¿Aceptaría el muchacho volver a declarar?
—Sus padres lo mandaron fuera de la ciudad. Tenían miedo por él.
¿Y sabe dónde está?
—No… —la voz se le adelgaza—. No me quieren decir. Nomás quiero que digan la verdad, nomás quiero justicia...
No entiendo esa manía. La verdad está sobreestimada. Saber no cambia nada. El muerto sigue muerto. El que se fue no vuelve. Uno llora y olvida. Hubiera preferido que Alfredo se muriera. No andaría preguntando qué chingaos le pasó.

“¿La llevo a su casa, licenciada?”, me pregunta Martín. Niego con la cabeza. Tengo ganas de un trago. Un trago no es igual que hacer vida social. Es sentarse en la barra de algún tugurio oscuro, pedir canciones tristes. Tal vez llorar un poco hasta sentirse idiota, porque hay cosas más graves en la vida y una llora por pura pendejada.
—Es lunes, está todo cerrado.
Debe haber algo abierto.
Martín toma Cuauhtémoc, se mete por Humboldt y da vuelta en Aquiles Serdán, se estaciona enfrente de una casa.
—Nomás que es un putero —me advierte.
Bajo de la unidad. Martín va tras de mí. Es la primera vez que no espera en el coche. Eso quiere decir que el lugar no es seguro. Subimos. La escalera es estrecha. Sólo uno a la vez. Subo con la espalda pegada a la pared. Está casi vacío. Le señalo a Martín una mesa en la esquina, casi atrás de un pilar. El mesero se acerca, le pido vodka solo, Martín una cerveza.
Una mujer en bata llega hasta la rocola, deposita 10 pesos, elige tres canciones. La he visto en algún lado. La mujer se sube al escenario y empieza a desnudarse. María Conchita Alonso solicita caricias. La mujer se frota contra el tubo. Los borrachos no prestan atención.
El mesero regresa. ¿Cómo se llama ella? La cara se le tensa.
—Le decimos Capricho.
Se va sin decir más. Al pasar por la pista le hace una señal a la mujer. Ella nos mira. Termina la canción y recoge su ropa. ¿Dónde diablos la he visto? Supongo que su vida es miserable. Nadie puede bailar en un putero triste y sentirse feliz. Supongo que ella tiene más razones que yo para llorar, y sin embargo baila. Yo debería bailar. Buscar una canción en la rocola y subirme a la pista y desnudarme e irme con el primer cabrón que me extienda la mano.
—Licenciada, ¿está bien? —Martín me está mirando.
Los nudos en la espalda se tensan hasta el cuello. Me tomo de un jalón lo que queda del vodka. Estoy que ya es ganancia. Ya no me siento a gusto, pero no quiero irme.
—La he visto acongojada. ¿Le está pasando algo?
Miro a Martín. Lleva un año asignado. ¿Qué sabe de mi vida? Es la primera vez que me hace una pregunta personal. Dudo qué contestar. Necesito otro trago. Martín llama al mesero y le pide otra igual.
—Discúlpeme si soy entrometido.
Niego con la cabeza, pero no digo nada. Siento el alma cuarteada y este vodka es muy malo; mañana tendré cruda.
—Es que… la he visto sola… ¿usted no tiene amigos?
Dan ganas de reír. ¿Amigos? Nunca he tenido amigos, antes tenía un marido, pero ahora ni eso. Pero tengo otras cosas, trabajo, por ejemplo.
—Es raro…
¿Raro que beba sola?, atajo de una vez. Él agacha la vista. Va a decir algo más, pero la teibolera se acerca a nuestra mesa.
—¿Me vinieron siguiendo?
El reclamo sorprende. No la reconocí detrás del maquillaje, pero es la misma voz. La madre de Gonzalo trabaja en un putero. El mundo es un pañuelo.
—Váyanse a investigar al cabrón policía que le disparó a mi hijo, no me sigan a mí. O ¿qué?, ¿nomás porque soy puta no van a hacerme caso?
Está que se la lleva la chingada, pero habla despacito. No quiere tener broncas en su chamba. Le pregunto si quiere tomar algo. Duda. Fue una casualidad, pero estamos aquí, podemos platicar. Se sienta con nosotros. No sé qué preguntar. Debería haberme ido a encerrar a mi casa para irme acostumbrando a encontrarla vacía. Es Martín el que habla.
—Cuéntenos lo que sabe, con lujo de detalle, la vamos a ayudar.
¿La vamos a ayudar? Nomás eso faltaba, que el guardia personal se sienta detective. Escucho a la mujer, no recuerdo su nombre.
—Soy Martín Olivares.
—Elisa.
Escuchamos a Elisa. Y nos cuenta otra vez la historia de su hijo. Salió con un amigo, siempre llegaba tarde, pero ahora amaneció y él no volvía. Llamó a casa de Julio, el amigo de su hijo, y contestó la hermana, le dijo que sus padres habían ido por Julio, que estaba en barandillas, no sabía qué pasó. Ella fue a los separos, pero no encontró a nadie. Alguien le sugirió que se fuera al SEMEFO. Allí encontró a Gonzalo.
Vuelve a llorar. Martín toca su hombro en gesto solidario. Ella se deja ir contra su pecho. Trata de no hacer ruido, pero tiembla. Martín la abraza. Me da un poco de envidia. Que ganas de llorar de esa manera. Pero a ella sí le sobran los motivos y lo que a mí me pasa es una pendejada.

Olvidé apagar el celular. Suena. Me cubro la cabeza con la almohada. Insisten. Insisten. Insisten. Debo apagarlo. Antes de oprimir el botón veo las llamadas perdidas de Martín. Vuelve a sonar. Contesto. ¿Qué quieres?
—¿Puedo pasar? Estoy afuera de su casa.
Qué diablos puede ser tan importante. Me duele la cabeza y tengo nauseas. ¿No puedes esperar?
—No.
Me visto. Me enjuago la cara y me sujeto el pelo. Bajo a abrirle. Martín entra cargando varias bolsas.
—Le traje chilaquiles y taquitos de chivo, a ver qué se le antoja. También traje café y un jugo de naranja.
Decir que tengo ganas de mentarle la madre es bien poquito. ¿Nomás a eso viniste?
Se me queda mirando algo extrañado y me dice que no.
—Conseguí algunas cosas.
Me muestra fotocopias. Las extiende encima de la mesa de centro. Reviso los papeles. El parte del forense. Disparos en la espalda. Cayó al acantilado ya bien muerto. No es igual al que está en el expediente.
—Hablé con el forense, fueron dos policías a amenazarlo para que hiciera el cambio. Muerte por contusión, cero disparos. Estos cabrones de la municipal a eso se dedican. Agarran a chamacos cogiendo u orinando en Sinfonía, los amenazan con llevárselos presos, les sacan una lana. Este se resistió, por eso lo mataron.
Pinche Martín. No sé si de veras es pendejo, si en serio no se entera de la bronca en que se está metiendo. Me armo de paciencia. A ver Martín. Para reabrir el caso tendríamos que lograr que el otro chavo hablara, que dijera qué vio. Lo que declaró fue que la cosa estuvo como dicen los polis. Su amigo resbaló. Luego habría que lograr que el forense aceptara que cambió la madre esa. Está muy complicado.
—Fui a verlo con Elisa. La cosa es brindarle protección. Elisa llamó a la Codehum. Ellos pueden presionar para que el asunto se ventile en los medios, hacer que les demos medidas cautelares al chamaco y al médico, porque ya sé que si nadie las pide no las damos y a veces aunque pidan… la cosa es ofrecerles garantías para que se animen a decir la verdad.
Así que este pendejo se pasó todo el día moviendo el avispero. Me tiendo en el sofá. Lo que quiero es dormirme. Suena mi celular. Un número privado. “Deje de hacerle a la mamada, licenciada, o se va a ir a la verga”. La ráfaga destroza la ventana. Nos tiramos al piso, busco la mirada de Martín para decirle imbécil.

Hay rachas en las que los hechos desafortunados se concatenan y caen sobre nosotros como una avalancha. Que te deje el marido es apenas el primer chingadazo, y resulta quedito cuando lo comparas con estar en la mira de La Maña porque un idiota se puso a hacer preguntas. Así que ahora me veo haciéndole al valiente porque no queda de otra.
Tengo la sensación de que no estoy aquí sentada en esta mesa, rodeada de los reporteros de la fuente, deslumbrada por los flashazos y apendejada por las preguntas. Es la abogada de derechos humanos quien habla por nosotros; la que dice que somos funcionarios públicos celosos de nuestro deber, amenazados por intentar cumplirlo; la que describe el atentado que sufrimos, el intento por detener a la verdadera justicia; la que señala los intereses ocultos que pretenden impedir que se castigue al responsable del asesinato de un adolescente; la que habla de la impunidad de los policías municipales que extorsionan, amenazan y asesinan.
Martín muestra orgulloso la venda que cubre el rozón en su brazo derecho. Se siente héroe de guerra el muy tarado. No sé si de veras cree que está logrando algo además de la gratitud de Elisa y cogérsela sin que le cobre. Los reporteros preguntan si no tenemos miedo. Recuerdo el discurso que me toca. La Fiscalía General está comprometida con la justicia, con castigar a los criminales sin importar que sean parte del mismo aparato de gobierno. Esta administración estatal ha decidido terminar con la impunidad y esto es un ejemplo. No tenemos miedo porque el Poder Judicial nos respalda.
Los reporteros toman nota, algunos aplauden, la abogada sonríe, Elisa y Martín se miran cómplices. Nos hacemos pendejos. Tal vez no lo saben, pero deberían saberlo o al menos intuirlo; yo debería decirlo ante las cámaras y las grabadoras: le estamos haciendo al cuento. Después del atentado llamó el procurador, “¿qué pasó, licenciada?”, preguntó. Y no se refería a la rafagueada, sino al mal tino de meternos con La Maña, “¿a quién se le ocurre preguntar?” Pues al custodio que ustedes me mandaron, le dije, son chingaderas, ustedes me metieron en este cuete, ahora me bajan. “Tranquila licenciada, lo estamos arreglando”.
Y sí, lo arreglaron. Arreglaron usar el incidente del buen policía estatal acreditado contra los malos municipales coludidos con el crimen para promover el mando único. Arreglaron que La Maña sacrifique a uno de los suyos, el policía que disparó contra Gonzalo, para que vaya a la cárcel y el caso se resuelva. Arreglaron, y eso ya no me lo dijo el procurador, pero sé cómo funciona el mundo, que a cambio la Fiscalía debe sacrificar a uno de los nuestros. Lo que no sé es si será Martín o seré yo. Tal vez ambos. Lo cierto es que buscarán dejar constancia de que nadie se mete con La Maña sin atenerse a las consecuencias. A ver qué otro valiente se atreve a luchar por la justicia.
Sí, tengo miedo y muchas ganas de salir corriendo, pero correr no serviría de nada. Pienso en un hombre que tuvo un accidente con su familia; su coche se volcó en la carretera. Todos murieron. Sólo él sobrevivió. Él se sentía culpable e intentó suicidarse, se pegó un tiro en la cabeza, pero sobrevivió. Otra vez sobrevivió. Recuerdo a otro, también un accidente en carretera. Los tripulantes resultaron sólo con heridas leves. Los paramédicos lo sacaron del coche. Él fue el primero en ser puesto a salvo. Una rama enorme del árbol contra el que se estrellaron cayó sobre él, justo allí donde estaba su camilla. Murió enseguida. Fue el único que murió.
Salimos del restaurante. El cielo parece limpio. La abogada y Elisa se despiden. Pensé que irías con Elisa, le digo a Martín.
—Usted está pensando cosas que no son, licenciada. Nomás estoy haciendo mi trabajo.
Me abre la puerta del coche. Cuando arrancamos, un vehículo guinda arranca tras nosotros. ¿Tan pronto? Martín lo mira por el espejo retrovisor, pero no dice nada, sólo le quita el seguro a la pistola. Yo meto la mano a la bolsa, acaricio la cacha de mi Glock. Pienso que hace unos días quería morirme, descubro que ya no.
–¿La llevo a su casa licenciada?
Le contesto que no. Tengo ganas de un trago.

Iris García Cuevas (Acapulco, 1977). Es escritora y gestora cultural. Autora de la novela 36 Toneladas (ZETA, 2011) y el libro de cuentos Ojos que no ven, corazón desierto (FETA, 2009; La Moderna, 2017). En 2008 obtuvo el Premio Nacional de Novela Ignacio Manuel Altamirano. En 2012 fue nominada al Premio Silverio Cañada a mejor primera novela negra en a Semana Negra de Gijón, España. Cuentos suyos han sido publicados en una docena de antologías. Es coordinadora del Festival de Narrativa Policiaca y Criminal Acapulco Noir. 

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